El impacto que tiene la pesca en pequeña escala sobre la salud de los océanos y sobre millones de personas suele pasar desapercibido, aunque su aporte sea enorme. Investigaciones recientes estiman que casi 492 millones de personas dependen de esta actividad para subsistir, un número que sorprende por su magnitud. En paralelo, alrededor de 60 millones trabajan directamente en ella, lo que representa la abrumadora mayoría del empleo pesquero global. Y hay un dato que quizá se menciona poco: cerca del 40% de quienes participan en estas tareas son mujeres. Las comunidades dedicadas a la pesca artesanal sostienen la alimentación y los ingresos de regiones enteras, pero también cuidan del mar y del clima de formas que a veces parecen invisibles. Lo hacen apoyándose en prácticas heredadas y técnicas de bajo impacto que, al mismo tiempo que abastecen al mundo, preservan especies, hábitats sensibles y hasta ecosistemas clave para mitigar el calentamiento global, como los manglares que retienen carbono. Aun así, esas mismas comunidades, tan esenciales para el equilibrio marino, terminan expuestas de manera directa a los procesos que deterioran el océano, algo sobre lo que ya han advertido organizaciones ambientalistas como Greenpeace.