Durante años, la idea general sobre el océano que rodea la Antártida era más bien tranquila: aguas frías, poca sal, más hielo. Una especie de escudo climático que ayudaba a equilibrar lo que pasa en otras partes del planeta. Pero desde hace casi una década, esa calma empezó a resquebrajarse. Algo se está moviendo ahí abajo. Algo que no estaba en los planes.